En
Galicia a los animales se les llama “bestas”, las bestias. Pero, sin embargo, a
pesar de ese nombre tan poderoso, somos de los pueblos de España más respetuosos
con los animales. Tanto es así que, en la Galicia rural - no en la ciudad claro-,
los paisanos o aldeanos consideran a sus animales como parte de la familia. Las
vacas duermen en cuadras que están al lado de la cocina y, a menudo tienen una
ventana que da a la entrada de la misma. Las gallinas salen libremente todo el
día a picotear por las eras y los caminos sin que nadie las moleste, y vuelven
todas las noches a su gallinero sin equivocarse nunca ninguna, a poner el huevo
en su sitio. Y los cerdos viven algunos también dentro de las casas; si no sirven, a veces, de almohada, (bueno,
esto último es una exageración temporal, pero en hace años ocurría así. Las
vacas pastan también libremente en los terrenos propios de cada finca, amarrada
a una cuerda bien larga, sin que nadie las perturbe ni nadie, por supuesto,
robe ninguna. Y, en cualquier caso, el mejor amigo del gallego de campo es el
perro.
Por
eso, en estos meses en que en todo el país se generalizan los festejos a base
de que los humanos se divertirán maltratando a animales, yo recuerdo el trato
que reciben allí en mi tierra. Ya no hablo de las corridas de toros; pero hay
fiestas tan inmorales como lanzar una cabra del campanario de una iglesia a ver
quién la pilla, jugar con una vaquilla para que se caiga al mar, o perseguir a el toro de Tordesillas, a caballo
y en grupo, para matarlo a base de rejones. Incluso, si te digo la verdad, los
encierros de Pamplona utilizan a los toros como excusa para la diversión de los
corredores, los marean, agitando un periódico para así despistarlos, mientras
los conducen a toda velocidad por calles asfaltadas a la plaza donde,
finalmente, los asesinarán. Y no me digan que esa manera de llevarlos es
respetuosa… ¡Ya podían conducirlos en descapotables, jajaja!
Curiosamente,
en mi tierra, la fiesta con animales más conocida es la llamada “Rapa das
bestas”. Es una fiesta con animales,
pero no contra los animales. En ella,
los mozos del pueblo tienen que derribar, solo con sus brazos, a los poderosos
caballos que se crían salvajes por los verdes montes de la región, para poder
así cortarles las crines. Crines que, si se dejan largas, molestan a los
caballos en sus correrías y que, evidentemente, también se comercializan,
claro, produciendo riqueza para la localidad... Una vez rapados los caballos
salvajes, se les devuelve a su libertad sin mayores contratiempos. Es una
fiesta muy bella y masculina (valga en este caso la distinción sexista) y con
un claro sentido ecológico. Toda la fiesta termina en una romería en que se
come y se beben los típicos productos gallegos.
A
esa fiesta de mi nación, que tiene lugar en Sabucedo, acuden unas dos mil personas. Muy lejos del millón de
seres humanos que pueblan Pamplona durante los sanfermines. Algo falla en la
educación de la humanidad cuando la gente prefiere una carrera de unos minutos
delante de un toro que la bella compenetración y la limpia pelea entre caballos
y caballeros
Pero
es que ahora, además, he leído que van a permitir una especie de cacería de
jabalíes por no sé qué tierra castellana a base de matar a los pobres verracos
a lanzazos. Y lo plantean como un lucrativo negocio. Siempre el vil dinero.
En
fin, que ya no sabe uno si las bestias son las que van debajo o las que van
arribas montadas.


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