A Antonio siempre le había encantado la música. Era lo que se dice un loco de la música. Su padre ya tocaba en la banda municipal y el empezó pronto en el coro de la Sección Femenina de su localidad... Desde pequeño su padre le había llevado a los conciertos que celia gámez y antonio molina realizaban en aquella pequeña ciudad de provincias, en aquellas giras nacionales en las que daban a conocer sus canciones, que luego todo el mundo cantaba.
Cuando llegó a España el gramófono, su padre adquirió uno inmediatamente, y Antoñito fue feliz. Es verdad que aquellos discos eran muy escasos y pesados, que la música era toda de importación y que al gramófono, para que sonara, había que darle cuerda. Y en cada disco había una sola canción. Se aficionó a las canciones de machín, la piquer, antoñitacolomé y aquel francés que cantaba maitechumía. Pero al menos podía oír música cuando él quisiera.
Pronto llegaron los vinilos. Aquellos grandes discos que llamaban longpleis. Antonio, que ya trabajaba en Correos, se aficionó como loco a coleccionar aquellos discos tan delicados que se rallaban con facilidad, pero que te permitían escuchar hasta diez o doce canciones de tus interpretes preferidos. Con la llegada del vinilo se sintió liberado, pues si bien los longplais los tenía que escuchar en el enorme tocadiscos familiar, pronto se compró un picú para oír aquellos pequeños vinilos de una o dos canciones que llamaron singles. Se volvió loco escuchando a josefeliciano, los beatles, un grupo americano que se llamaban beach boys, aunque también al dúo dinámico. Pero con su formación musical clásica compraba igualmente todos los discos que podía de la douchegramofón, siendo el director que más le gustaba karaján. Aquello sustento musical parecía definitivo y llegó a tener más de mil discos. Con los años se pusieron de moda los equipos modulares y se compró un plato con una aguja tangencial, además de los discos de un tal brucespringstin.
Pero, casi de repente, se puso de moda el casete. Evidentemente, aquel invento terminó por liberarlo. Podía, por medio de aquel artilugio tan grande que los negros americanos llevaban a todas partes, irse con su pandilla y oír su música preferida en cualquier sitio. Empezó a comprar casetes vírgenes y se puso a grabar como loco todos aquellos discos de vinilo que tenía en casa, además de los que le prestaban los amigos. Todo el día se lo pasaba grabando. Incluso se grabó una vez a él mismo tocando con un grupo que formó con otros tres amigos. En casete grabó aquellas operas rock tan modernas y avanzadas, como jesucristosupestar, evita y el rokiorrorpichurichou, y al único español que le parecía decente, miguel ríos. Pero también grababa a la maríacalas. Llegó a juntar más de seiscientos de aquellos casetes que siempre se rompían por la mitad o se enredaban en los cabezales. Pero entonces llegó el vídeo. En vídeo podía no solo oír a sus grupos e intérpretes preferidos, sino que también podía verles en persona en los conciertos que ofrecían en lugares lejanos. Así grabó todos los grandes conciertos por la paz, por el amor, por las drogas, por los alienígenas y hasta por las fiestas de San Agripino de su pueblo natal. Ni que decir tiene que se hizo con un video de maikeljakson y de bobmarli, además de los de janefonda para estar en forma.
Con la llegada del cidi, creyó encontrar la felicidad completa. Nadie le había avisado de que los soportes magnéticos se estropeaban con el tiempo, y que aquellos medios de almacenamiento que él esperaba definitivos – se compró todos los vídeos de félix rodríguez de la fuente también-, no le durarían mucho. Así que decidió, en una decisión económica que se reveló poco acertada, comprar toda aquella música que había ido juntando en el nuevo y definitivo formato que ni se rallaba ni se magnetizaba. Se arruinó, pero logró tener una colección de más de mil quinientos cidis. Claro que había que gastar mil o mil quinientas de las antiguas pesetas por unos cidis con diez o doce canciones de un intérprete sin que, muchas veces, te gustaran todas sus canciones. Pero aún así se compró toda la música que pudo de las maniobras orquestales en la oscuridad, de rem, de cure, de oasis, pero también de miguelbosé, de rocíojurado y de la madonna.
Luego, de repente, llegó el disco grabable en el ordenador. Se empezó a bajar canciones como un poseso hasta que su pecé echaba humo. Ya era conocido en el emule (un viejo programa hoy caduco para intercambiar canciones). Entonces se aficionó a hacer recopilaciones propias para llevar en el coche y escuchar así sus temas preferidas. Seguía siendo bastante anárquico, y al lado de alejandro sanz y amaral, se grababa los hits de grindey y de bonyovi. Se volvió a arruinar y aún encima la SGAE le exigió mil euros por piratear música y pincharla en la boda de su cuñado.
Cuando se encontró que tenía casi mil cidis así grabables aparecieron en el mercado los emepetres y emepecuatros, los emepecincos y hasta los emepeseis. Casi enfermó de lujuria musical. Aquello era un pequeño dispositivo móvil que, provisto de unos pequeños cascos que se acercaban a la oreja, se podían almacenar y escuchar miles y miles de canciones… Las quería todas. Las clasificó en sus reproductores por estilos: clásico y zarzuelas, música de autor, grande grupos, solistas internacionales, canción española… todo ellos felizmente organizado en carpetas. Cuando ya tenía toda la música que le gustaba grabada y almacenada en memorias flash, que se podían introducir en dispositivos que tuvieran una toma usb, incluso en su teléfono móvil o en el propio pc, aparecieron programas como Spotify dónde no tenías nada que hacer, más que escuchar todas las canciones que te gustan tantas veces como quieras una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…
Nadie entendió porqué aquella tarde, después de leer el periódico, Antoñito tiró por la ventana toda asu colección de discos de vinilo, cintas magnéticas, vídeos musicales, cidis en sus cajas con una funda fotocopiada en la impresora casera, varios aparatos reproductores de música, una vieja gramola, varios picús sin aguja, unos viejos casetes a los que le faltaba el botón del play..., para finalmente arrojarse el mismo al vacío mientras algunos vecinos le oyeron gritar confusamente algo que no logradon entender del todo, algo así como ¡qué será los siguiente… un chip en el cerebro de fábricaaaaaaaaaaa!
En su entierro, la banda local, ya un poco envejecida y con unos uniformes azules raídos, interpretó aquella melodía de doors que tanto le gustaba…
Ayer leí en EL PAÍS que científicos chinos han conseguido una bacteria que almacena ¡200 gigas de información...! Lo demás lo ha hecho una inmersión en la "fonoteca" de casa de mi abuela; espero que no haya ninguna "anacronía" musical en mi relato.