Sergio había sido una buena persona hasta el día de su muerte. Nunca hizo mal a nadie, había vivido de acuerdo a la ley de dios, y sus pequeños pecadillos – suponía él- le habían sido perdonados. Era gay, pero el amor había llamado a su puerta y había vivido en santo matrimonio, guardando fidelidad a su amado, hasta que le llegó su hora. Por eso, estaba seguro de que se iría al cielo.
Y ahora se encontraba ante San Pedro.
- Bueno, bueno, otro gay por aquí…
- ¿Esto es el cielo, supongo?, -preguntó Sergio-. ¿Puedo pasar?
- Sí, claro, -contestó San Pedro-, pero espera que te tengo que abrir una ficha.
- Mal empezamos, si seguimos igual de burócratas así en el cielo como en la tierra.
- No te preocupes, solo es para ubicarte… A ver, ¿maricones..., maricones…? Sí, al fondo a la derecha.
- Pero cómo… ¿quieres decir, que los gays estaremos aparte?
- Hombre, pues claro, ¿qué te pensabas? Esto es el cielo, aquí cabe todo el mundo; pero quieras o no, somos muchos y estamos un poco estrechos… El cielo es muy largo pero muy estrecho (de miras).
- Ya, pero yo pensaba estar aquí con mis amigos y mi familia, tal vez encontrar a mi padre...
- Ja, ja ja… No, no, ¿Pero tú qué te crees qué es el cielo? ¿Un cachondeo? Para nada. La diversión del cielo es contemplar a dios. Los gays lo podéis ver desde vuestro sitio, aunque un poco de lejos eso sí, sin molestar, vamos. Y se ve así como de perfil.
- Hombre, muy bonito, ya empezamos a discriminar, pero ¿qué mierda de cielo es éste? Además yo creo que estar viendo a dios todo el día –y dios me perdone- tiene que ser bastante aburrido. Yo, francamente, esperaba más. A mí ya me extrañaba…
- ¿El qué te extrañaba? Da gracias a dios que os dejamos pasar, cuando los gays sois casi todos unos pervertidos. Y te salvas que ahora la nueva doctrina pues va por ahí… que si te llegas a morir unos siglos antes, ibas al infierno de cabeza. ¡No sabes la de maricones que están en el infierno, por morirse antes de que el Papa los admitiera en el seno de la iglesia! La que se armó por un caprichito papal. Un día quisimos ir a rescatarlos, organizamos una excursión, pero no pudimos traerlos, estaban todos achicharrados. Un asco, vamos, y dios me perdone.
- Y ¿qué pasa? Igual tenemos que llevar una estrella rosa, ¿no?
- No, hombre, qué barbaridad… Esto es el cielo. No, no, esa insignia solo la tienen que llevar los judíos…
- Pero bueno, es el colmo, vaya discriminación celeste. ¿Dónde se puede protestar?
- Pues en ningún sitio, como comprenderás aquí no hay instancias superiores, ni defensor del cielo ni nada, aquí se hace lo que le sale a dios de los cojones. ¡Faltaría más, hombre ya!
- Pero qué podemos molestar los gays en el cielo, San Pedro, hombre... si nuestra parte más querida se queda allí, tú ya me entiendes. El cuerpo..
- Si claro, aquí somos espíritus puros y eso. Pero al no tener masa, se puede uno trasladar pasando por medio de otros inquilinos. E igual a los gays os empieza a gustar esto de meteros en otro y empezáis… bueno…, a eso, a dar por culo. Ya sabes.
- Pues no sé, la verdad, no sé si quedarme, no estoy muy convencido. ¿Para esto he estado yo portándome como un buen católico toda mi puta vida?
- No, si aún protestarás… Te salvas que te arrepentiste en el último momento. Y que te hemos promocionado directamente sin pasar por el purgatorio, que ya lo hemos quitado. Nos hacía falta sitio con esto de que ahora puede entrar aquí todo el mundo.
- Pero.. pero... si el otro día un obispo dijo "dios os quiere...", que lo leí en el blog de
Alex.
- Si, si, bueno... Lo ha dicho un obispo que era de los "vuestros". Y claro que nos quiere a todos, hombre, pero bien ordenados, cada uno en su casa y dios en la de todos...
Y así fue como el pobre Sergio se arrepintió de toda su vida pasada, de su vida anterior tan perdida... pero ahora se arrepintió en serio. ¡Vamos, se arrepintió hasta de morirse!
Nota: Dedicado a Alex, que ayer nos soltó un post en el que nos quiere convencer de las bondades de la Iglesia Católica con los gays, a cuenta de las palabras de un obispo.