Tenía nombre japonés pero nadie sabía por qué. Era bajita y menuda y permanentemente vestía de negro. Pero lo que la hacía distinta de otros pobres de la ciudad era su dinamismo. Ta co na ta no pedía en una esquina o en la puerta de una iglesia, no; ella pedía o recibía dinero sin pedirlo pero sin dejar nunca de andar; porque nunca paraba quieta. La podías ver caminando a buen paso por cualquiera de las calles más frecuentadas, desde los cantones al puerto; siempre en marcha, siempre como si tuviera prisa, como si algo se le escapara; desde la mañana hasta la noche.
Pero lo que realmente la hacía peculiar y conocida entre la chiquillería, que alegremente la perseguía y se mofaba de ella, era el hecho de caminar eternamente con una mano delante de la boca que no retiraba ni para hablar y que a cualquier pregunta que se le hiciera contestaba invariablemente con aquella misma frase que la hizo famosa: “Nunca chejamos”
- Ta co na ta, ¿de dónde vienes?
- Nunca chejamos.
Y las historias que de ella se contaban decían que efectivamente había perdido algo. Contaba esa leyenda que había sido una joven de buena familia despierta y bella, y que había tenido un novio que la idolatraba, pero pobre. Este novio marchó a hacer las américas en busca de una dote con que llevarla al altar. Y que una vez lograda aquella riqueza ansiada embarcó en un frágil navío tristemente naufragado frente a la Costa da Morte en una noche tormentosa y aciaga; y que ni aquel novio ni la fortuna soñada llegaron jamás a puerto.
Ta co na ta, ¿dónde vas?
- Nunca chejamos.
Cuando murió se encontró debajo de su colchón una arrugada fotografía de aquel novio desaparecido y una bolsa de basura con más de diez millones de las antiguas pesetas. Enterrada en el cementerio de Catabois, sobre el frío mármol de la losa que cierra su tumba, y si separas la maleza que hoy en día la cubre, aun puedes leer aquellas palabras que tantas veces ella repitió en vida y que aquí, en el cementerio, alcanzaron por fin todo su profético sentido: “Nunca chejamos".
Pero lo que realmente la hacía peculiar y conocida entre la chiquillería, que alegremente la perseguía y se mofaba de ella, era el hecho de caminar eternamente con una mano delante de la boca que no retiraba ni para hablar y que a cualquier pregunta que se le hiciera contestaba invariablemente con aquella misma frase que la hizo famosa: “Nunca chejamos”
- Ta co na ta, ¿de dónde vienes?
- Nunca chejamos.
Y las historias que de ella se contaban decían que efectivamente había perdido algo. Contaba esa leyenda que había sido una joven de buena familia despierta y bella, y que había tenido un novio que la idolatraba, pero pobre. Este novio marchó a hacer las américas en busca de una dote con que llevarla al altar. Y que una vez lograda aquella riqueza ansiada embarcó en un frágil navío tristemente naufragado frente a la Costa da Morte en una noche tormentosa y aciaga; y que ni aquel novio ni la fortuna soñada llegaron jamás a puerto.
Ta co na ta, ¿dónde vas?
- Nunca chejamos.
Cuando murió se encontró debajo de su colchón una arrugada fotografía de aquel novio desaparecido y una bolsa de basura con más de diez millones de las antiguas pesetas. Enterrada en el cementerio de Catabois, sobre el frío mármol de la losa que cierra su tumba, y si separas la maleza que hoy en día la cubre, aun puedes leer aquellas palabras que tantas veces ella repitió en vida y que aquí, en el cementerio, alcanzaron por fin todo su profético sentido: “Nunca chejamos".
4 comentarios:
Thiago, dices que no, pero yo, en Linde5 publicaría este relato. Si te decides házmelo saber al correo del blog: ricardo39ricardo@gmail.com
Un saludo.
Cari, una oferta profesional!! De aquí al pulitzer!!
Mil biquiños pa mi neno galego!!
pd.- los 300 euros serán para gastártelos en mi, espero... jajaja
Los pelos como escarpias jodio!!!!
Besukazos, pa que luego digas que ya no te comento :-p
Buena historia. Generalmente uno se encuentra con vidas mínimas por ahí que deambuelan por las ciudades tekjiendose miles de historias sobre ellos.
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