sábado, 16 de junio de 2007

CANALLA EN STARBUCKS

Canalla está sentado en el mismo sillón verde de Starbucks donde se sienta siempre. Canalla contempla desde ese sillón como la vida transcurre tranquila en la calle y enciende otro cigarro. Canalla saca de su vieja mochila negra un grasiento cuaderno azul y un bic con la tapa mordisqueada y escribe. Vomita las palabras oscuras y orgánicas desde dentro de su pequeño y triste corazón. Canalla sabe que quizás nadie lea ese post vomitado a trompicones, pero no le importa porque tampoco nadie lo entendería. Canalla mira la puerta del Starbucks de vez en cuando nervioso, esperando a ese joven bloguero que le ha quitado el sentido; uno más, uno nuevo, uno que con sus palabras y mensajes lo ha llevado al paroxismo. Canalla mira a los lados para que no le reconozcan. Canalla tiene miedo de que le llamen pringao si le vieran quedar con estos jóvenes talentos que pasan por su vida como estrellas fugaces que no van a ningún sitio. Canalla mira también la puerta del baño donde seguramente le comerá la polla confundiendo una vez más el amor con el intercambio de fluidos en que terminan sus aventuras románticas.

Canalla fuma otra vez, mientras un cigarro se consume en el cenicero y otro más en el extremo de la mesa. A Canalla los pitillos se le consumen en la comisura de sus labios a la velocidad de la vida, le queman por dentro, le ahogan. Canalla sigue escribiendo y mirando nervioso la puerta de la calle, escupiendo esas frases imposibles y disparatadas que inconcebiblemente se juntan en forma de sentencias poéticas y preciosas verdades que le han hecho mítico. Mientras suenan smashing pumpikns Canalla vuelve a mirar la puerta y resopla, está nervioso, suspira.

Canalla teme al amor. Canalla tiene miedo de amar, teme sufrir y por eso teme enamorarse; teme la soledad que luego produce el desamor. Canalla sigue escribiendo oscuros pensamientos entre cagaditas de ratas y negras cucarachas que se apoderan de su cuaderno y fuma, y fuma, y fuma… Todo el café parece explotar ahora en sus intestinos, pero de fuera a dentro, de tal manera que su sangre y sus sesos que deberían desparramase por todo aquel espacio imposible, circulan alocadamente por sus intestinos desde su corazón a sus cojones.

Canalla hoy está dispuesto a arriesgar. Canalla se pregunta por qué habrá quedado en aquel maldito café de estética yanki y si a él le gustará el sitio y le gustarán los smashing y piensa que la única condición que la vida pone para dejarte vivirla, es estar vivo. Por eso Canalla cuando ve aparecer en la puerta aquella increíble sonrisa juvenil y fresca que le estalla en la distancia y le tranquiliza, Canalla piensa que pase lo que pase, no será peor que volver a la soledad en que ahora está instalado y decide que está dispuesto a arriesgar porque la soledad no tiene medida y no se puede estar más solo que cuando ya se está solo.

Canalla se levanta, Canalla apaga el cigarro, Canalla sonríe…