sábado, 28 de abril de 2007

MANOLIÑO EL PORTUGUES

Un buen día mi padre decidió que tenía que hacer el bien. Dijo en casa que había que ser más solidarios y dar algo a la sociedad de lo que, por fortuna, nosotros recibíamos. Cuando yo le dije que podía empezar por aumentarme la paga de los domingos me contestó que había que ayudar a los más necesitados de verdad, que dejara de decir tonterías y nos pusiéramos manos a la obra.

Para hacer el bien se fijó en un pobre mendigo que pedía limosna a la puerta de la iglesia de Santa Lucía. Este pobre estaba siempre sentado en un carrito de aluminio de forma cuadrangular y se desplazaba con ayuda de las manos porque no podía mover las piernas. Era conocido como Manoliño el portugués y se sacaba un buen dinero de las limosnas que le daban todas las mujeres que iban a misa diaria.

Mi padre se interesó por su situación y cuando supo por el propio Manoliño que un médico de la ciudad se había ofrecido a operarlo con total garantía de que recuperaría el andar, pero que no contaba con el dinero para la operación, movilizó a todas sus amistades para que ayudaran a sufragar la costosa y, por otro lado, dolorosísima operación. Porque la operación consistía en romperle las dos piernas al pobre infeliz y volver a reconstruirlas para que pudiera caminar. Mi padre, incluso habló con el médico que había de hacer aquella operación y consiguió una sustantiva rebaja en el precio.

Manoliño el Portugués se mostraba muy ilusionado y no paraba de repetir: “¡Ay! si yo pudiera andar… ¿Se imagina don A. si yo pudiera andar? Besaba el suelo que pisaba mi padre agradecido de antemano por un futuro que intuía mejor.

Llegó el momento de la operación. Primero una pierna y luego la otra, porque los dolores de la misma y de la recuperación posterior fueron atroces, pero Manoliño los sobrellevó con todo el valor de que fue capaz, pensando solo en que volvería a caminar erguido como cualquier ser humano. Pasó dos largos meses en el hospital, donde mi padre que seguía en su particular campaña solidaria, lo visitaba regularmente. “Muchas gracias, don A. no sé cómo voy a pagarle esto que usted hace por mí. Se lo agradeceré toda la vida” le repetía a mi padre una y otra vez.

Pero el día que, ya recuperado, le dieron el alta en el hospital y se reintegró a su puesto petitorio en la puerta de la iglesia, Manoliño el Portugués comprobó con asombro que su desgracia era otra aún mayor. Las muy católicas señoras que le daban dinero anteriormente le gritaban ahora: “Anda, mangante, ¡ponte a trabajar!” o “¡Desgraciado, a descargar barcos te ponía yo!” y el pobre infeliz, apoyado aún en dos muletas no sacaba ni para comer, sin llegar a entender del todo su nueva situación.

Así, aquello que antes era agradecimiento hacia mi padre se volvió pronto en rencor y cada vez que lo veía paseando lo perseguía por toda la ciudad esgrimiendo sus muletas amenazantes al grito de “¡Venga!, ¡venga usted aquí, que yo si que le voy a arreglar las piernas!”.

Ni que decir tiene que a mi padre se le quitó de golpe todo su altruismo y, aunque no estoy totalmente seguro de que eso fuera la causa, a los dos años de aquellos hechos estábamos viviendo en Madrid, en su nuevo destino.


Moraleja: “Haz bien, pero mira bien que no quede peor"