Que la música es hoy un espectáculo para masas ya nadie lo
puede dudar. Y yo no voy a criticarlo. Como el que más, me bajo música de
internet, voy a conciertos, compro algún disco, consumo programas de radio, y
la pongo en mi blog. Lo normal. Pero lo
que me jode ahora, es que las emisoras de televisión están haciendo de la
música un espectáculo rebajado o rebajante, de un consumo tipo “sálvame”, con
programas de música en lo que menos importa es la música. Me explico.
Todas esas televisiones que llevan años sin preocuparse de
la música, sin un buen programa musical que nos ponga al día de las novedades
del mercado, hable de los grandes artistas –y creadores-, promociones a los
nuevos compositores y grupos, de a conocer los nuevos estilos musicales; todas
esas televisiones, repito, se han sumado a la moda de tener un programa de
descubrir “nuevos talentos” esencialmente musicales, sin arriesgar demasiado, y
con un espectáculo mediático, en que la música es, desgraciadamente, lo menos
importante.
Curioso programa ese, en que los músicos de verdad y
consagrados están sentados al otro lado, ejerciendo de jurados, mientras un
grupo de jovenzuelos o maduros, intentan lograr por la vía del karaoke, lo que
no han conseguido esforzándose y cantando por el mundo como los demás sus
propios temas y canciones. Pues ese programa bate records de audiencia. Eso sí,
he de reconocer que Bustamante, mi vecino de urbanización, está muy guapo y
elegante en ese programa ¡qué gran showman ha ganado el mundo del espectáculo!
Pero es que cuando alucino de verdad es cuando el o la
participante en uno de esos programas de “nuevos talentos” resulta ser un
cantante lírico o de esos que llamamos “serios”. Normalmente suelen ser
bastante petardos, con unas voces más
bien escasitas y sin nada de gusto en sus interpretaciones, y que no han sido
capaces de triunfar a la manera clásica: trabajando. Pero claro, como todos
aquellos asistentes no tienen ni idea de música, aquellos incultos que nunca
han ido a una ópera o a un concierto de verdad, alucinan con las mediocres
interpretaciones, sobre todo si el participante echa unos cuantos gorgoritos de
manera efectista. Entonces, al terminar, todo el público puesto en pie,
aplaude, como si acabara de nacer para el mundo un nuevo Pavarotti. Penoso. Pero claro, que vamos a esperar de un programa en que el
hijo de una tonadillera, famoso por no hacer ni saber hacer nada –pero viviendo
de ello- tiene la última palabra para saber decir al concursante “tu si qué
vales”.
Pues esta esto ahora es el último tipo de espectáculo
musical. Así nos luce el pelo. Luego cómo no vamos a protestar contra los
artistas, contra sus derechos musicales, contra sus pretensiones de vivir
legalmente de la música, quién va a querer pagar por comprar un disco de un
autor que se parte el culo componiendo sus temas, si lo que se premia es el
espectáculo fácil, de trampantojos y lágrimas… Pues nada, solo nos queda hacer
como ese público dirigido por el regidor: aplaudir cuando nos manden. Y, lo
peor, es que ya no podemos echarle la culpa a Zapatero, en todo caso a Pitbull.
Bezos.